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Ganivet Angel - Granada La Bella Doc
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BIOGRAFIA:
Angel García Ganivet

Nació en Granada el 13 de diciembre de 1865 del matrimonio formado por Francisco Ganivet Morcillo y Angeles García Siles, ambos de familias artesanas relacionadas con los negocios de harinas, por lo que sus primeros años transcurrieron en el ambiente del molino que su abuelo materno tenía a las afueras de la ciudad, y a cuyo cuidado quedó la familia tras la muerte del padre en 1875. Sin embargo, una grave lesión sufrida cuando contaba once años en una pierna hizo aconsejable que no siguiera la profesión de sus mayores, por lo que, concluidos los estudios primarios, cuando contaba trece años de edad, comenzó a prestar servicios en una notaría, y en 1880 iniciaba el bachillerato, que concluyó con premio extraordinario cinco años más tarde, emprendiendo entonces, también en la Universidad de su ciudad natal, la carrera de filosofía y letras, que terminaría en 1888, asimismo con premio extraordinario, no obstante haber compaginado aquellos estudios desde 1886 con los de derecho, cuya licenciatura obtuvo también en la Universidad de Granada en junio de 1890.
Mas ya desde noviembre de 1888 se había trasladado a Madrid para preparar el doctorado en filosofía y letras y encontrar algún empleo que le otorgara la necesaria estabilidad económica, y, a este efecto, conseguía por oposición al año siguiente una plaza de archivero, y en la primavera de 1891, en posesión ya del grado de doctor (11 de marzo de 1890), se presentaba al tiempo que Miguel de Unamuno, a una cátedra universitaria de griego, aunque con resultado adverso. Sin embargo, pocos meses más tarde, en junio de 1892, ingresaba en el cuerpo consular, teniendo como primer destino Amberes.
De su apariencia por aquellos años escribía F. Navarro Ledesma: «No creo desvariar afirmando que era mi amigo un extraño ser, precursor de razas futuras, en las que, por virtud de no sé qué misteriosas selecciones, llegarán a condensarse calidades y partes meramente humanas con otros tipos zoológicos más antiguos y más fuertes. Así, bajo la frente unida, alta y serena, apenas combada, brillaban en su cara los ojos, unos ojos de corriente alternativa que cuando se lanzaban sobre persona o cosa digna de atención, la aprehendían llenos de ansia, como aprehenden los ojos del león la codiciada presa, y cuando vagaban distraídos parecían los ojos píos y llenos de ternura sobrehumana que la naturaleza dio a los bueyes, fieles amigos del hombre. Rompía la armónica serenidad del rostro una mandíbula inferior que avanzaba con insolente prognatismo, destacando hacia fuera los labios carnosos, de reposada comisura. Aquella quijada saliente que mucho tiempo llevó acusada aún con mayor energía por espesa sotabarba a la marinera, daba al óvalo del semblante un aire de testarudez y un aspecto de rebeldía que resultaban no muy simpáticos para la gente de poco más o menos, pero que preocupaban a los reflexivos y que arrebataban a las mujeres, reflexivas o no».
Y, en efecto, tras otros varios amoríos más o menos fáciles, en un baile de máscaras, el 13 de febrero de 1891 conoce a una joven valenciana, hija de padre cubano, Amelia Roldán, a la que poco después se une sentimentalmente, llevándola consigo a Amberes, donde inició su vida diplomática como vicecónsul de España, y de la que hubo dos hijos: una niña, que murió al poco de nacer, y un niño, que crecería junto a su madre. Sin embargo, con la llegada de la amante a la ciudad belga, hubo de renunciar a la brillante vida social de joven diplomático, cayendo en un estado de huraño retraimiento en el que tal vez aparecen ya los primeros síntomas de su enfermedad futura. Durante esta primera época parece ser que escribió la mayor parte de su novela La conquista del reino de Maya, en la que el tono violento y agresivo es uno de los rasgos dominantes.
Pero poco después la vida sentimental y afectiva de Ganivet cae en una profunda crisis, sumergiéndose en una tristeza resignada, motivada, quizás, por algún desencanto en su vida amorosa que él jamás confesó, pero cuyas verdaderas causas hay que buscar en su creciente escepticismo frente al mundo de los valores en que se fundamenta la vida del hombre. Y en este estado anímico, a finales de 1895 recibe el nombramiento de cónsul en Helsinki, a donde marchó en enero del año siguiente. Y en aquel paisaje, que describiría en algún lugar como un combate entre el agua y la tierra en el que siempre acaba por vencer la muerte, escribe la mayor parte de sus obras: Granada, la bella y Cartas finlandesas, que aparecen en forma de artículos en El Defensor de Granada, entre 1896 y 1897, El ldearium español (1897), Hombres del Norte, unos estudios críticos sobre Ibsen, Lie y Björnson que aparecerán póstumamente (1905), el drama El escultor de su alma, también póstumo (1904), y, en fin, Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, obra de marcado acento autobiográfico, como también la anterior, y que quedó inacabada.
En la primavera de 1898, al cerrarse el consulado de Helsinki, Ganivet hizo regresar a España a Amelia y a su hijo y poco después le llegaba el nombramiento de cónsul de Riga, a donde se trasladó a mediados de agosto, cuando ya eran harto patentes en él los síntomas de su enfermedad, que el médico que lo atendió, por indicación de su amigo el cónsul de Alemania barón von Brück, en cuya casa se hospedaba, diagnosticó como parálisis general progresiva asociada a manía persecutoria, y a causa de la cual en la mañana del 29 de noviembre, ante la inminencia de la llegada de Amelia, a la que no deseaba volver a ver, cuando el vaporcillo con que diariamente cruzaba el Dvina camino de su trabajo había iniciado la travesía, se arrojó a las heladas aguas del río, de las que fue rescatado por otros pasajeros, pero a las que volvió a lanzarse, pereciendo en ellas antes de que su cuerpo fuera nuevamente recuperado. Desde 1925 sus restos reposan en el cementerio de su ciudad natal.
Novelista, dramaturgo, poeta y maestro en el género epistolar, Ganivet es, sobre todo, un consumado ensayista, dentro de cuyos parámetros se resuelven en el fondo todas sus otras facetas literarias, y aun cabe señalar que su misma condición de escritor se manifiesta tardíamente cuando su vida profesional está ya definida y él mismo se halla lejos de España, lo que unido a un cierto desdén por la pulcritud estilística, pueden considerarse como notas condicionantes de su vocación literaria, dirigida más bien al mundo de las ideas, auténtico ámbito de su interés. Precursor, como Leopoldo Alas, de la generación del 98, a cuyos mismos umbrales rinde simbólicamente viaje, a diferencia de Clarín, cuyos personajes, pletóricos de concreción y vida, se mueven y actúan en ambientes y paisajes asimismo empapados de vida y concreción, los personajes de Ganivet, inanes y faltos de aquella gravedad vital, presentan una transparencia luminosa sobre paisajes y ambientes siempre esquemáticos y desdibujados que elevan el conjunto dramático de sus narraciones al ámbito rigurosamente utópico buscado por el autor, para quien las figuras de su teatro y de sus novelas aspiran a ser -como para el dramaturgo Unamuno-sobre todo y únicamente, ideas.
Y es que Ganivet, ilustre adelantado de una brillante generación de escritores y pensadores, tiene, al igual que aquéllos, como tema predominante de sus meditaciones y de su pluma, a España en su decadencia, pero no a una España poéticamente presente ante sus ojos como la de Machado o Azorín, sino recordada desde la distancia remota de las tierras finlandesas y añorada en sus pasajes de Granada la bella, en sus ambientes urbanos de Pío Cid, o en las resonancias recónditas e íntimas de El escultor de su alma, de aquí que sus vivencias más intensas, filtradas por el tiempo y la lejanía, se universalicen y la memoria revivida de su patria distante aspire a convertirse en una filosofía de la historia de España, que es, en definitiva, el contenido del Idearium español. Todos los siglos, todas las épocas desde los orígenes remotos hasta las últimas convulsiones políticas pasan ante la mirada del espectador con sus peculiaridades distintivas y propias, sin subordinaciones ni deformaciones de perspectiva de las unas respecto de las otras y ensartadas en un mismo hilo conductor, el estoicismo senequista que da continuidad a la historia y contenido a la esencia patria. «Ganivet -afirma Valbuena Prat destacando esta concepción englobadora- supo ver el entronque del moderno pensamiento español con el senequismo, la alta significación como símbolo de raza del Quijote y La vida es sueño, las calidades de la invención y la improvisación en muchos órdenes de la cultura y la historia patrias, más que la ordenada elaboración y perfeccionamiento de lo intentado». Y agrega: «La hondura de pensamiento del autor lo lleva a un plano en que veía la trayectoria que le unía al estoicismo de Séneca, de un lado, al simbolismo de Calderón, de otro» (Hist. de la literatura. Vol. n, p. 845).
Dentro del mismo plano utópico pero impregnada de un mayor pesimismo y hasta se diría de un cierto odio hacia los valores sociales, se halla La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pío Cid, en la que con una larvada referencia a la aventura española del Nuevo Mundo, Ganivet plantea la antítesis naturaleza-cultura con una acrimonia pocas veces superada en nuestra literatura. El imperio del hombre civilizado sobre el primitivismo de los aborígenes en un imaginario reino centroafricano, se formaliza en unas estructuras sociales en las que, en oposición a otras obras similares como la de Campanella o Tomás Moro, se reconoce al vicio como fundamento de un orden social que jamás podrá asegurar la justicia ni la felicidad entre los hombres, convirtiendo en leiv-motiv de la obra la licitud y límite del dominio del hombre salvaje por el civilizado para concluir con un desprecio hacia ambos.
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Género: Narrativa,Varios
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